El Kraken era la joya de la corona naval de la Alianza. La mejor madera del bosque de Elwyn, remachada con un armazón metálico forjado por los enanos de Ironforge, daba forma a este majestuoso barco de proporciones gigantescas. Los ingenieros gnomos dotaron de la última tecnología a la sala de motores del mismo, y los mismos gnomos eran los que supervisaban que todo funcionara correctamente1.

La nave más poderosa de la Alianza, cargada con los más grandes héroes que hubieron pisado nunca Stormwind, se dirigía hacia las costas de Northrend. Iban para liarla. Y bien gorda.

Mäggno había ido a su habitación para preparar su equipo, mientras Sigfreid había ido a la pequeña fiesta que se había iniciado en la cubierta dispuesto a beberse hasta el agua de los floreros. Bâstet, por su parte, se quedó en un lateral de la cubierta, admirando el paisaje.

Bâstet era una draenei realmente bella. Sus piernas, aún terminando en pezuñas y con las rodillas vueltas del revés, eran asombrosamente esbeltas. Su rostro era muy atractivo, con facciones muy suaves y agradables. Sus ojos tenían un brillo que haría palidecer el de los ojos de un elfo de sangre puesto hasta el culo de pociones de maná viles. Y sus pechos, grandes y firmes, harían enloquecer hasta al hombre más casto3. Y, por que no decirlo, tenía un culo tan prieto que bien podía ser utilizado por los herreros como yunque.

Apenas pasaron dos minutos hasta que, un grupo de hombres, se acercó a ella cual enjambre de moscas a un pastel de macedonia y carne de Graccu. Ella no pareció darse cuenta4.

Hola guapa, ¿cómo una preciosidad como tú va a un sitio tan peligroso como Northrend? –un corpulento humano, que estaba más cerca de ser una pequeña montaña en movimiento que de un hombre, con un mentón más cuadrado que los cojones de un Tauren, fue el primero en dirigirse a la bella chamán- ¿No te gustaría contar con la protección de Kord, el guerrero más valiente de todo Azeroth?

La draenei no pareció prestarles atención, como si de un trance se tratara, continuaba mirando el mar.

Mira cariño, allí en Northrend hace mucho frío, ¿por qué no vienes a mi habitación y te meto algo de calor en el cuerpo? –unas risas nerviosas comenzaron a escucharse entre la multitud de testosterona con patas en que se había convertido aquel grupo. La enorme mano de aquel hombre, del tamaño de la cabeza de un oso, se aproximó hacia el trasero de Bâstet.

¿Y por qué no usas la mano para tocarme los huevos?, tarugo de los cojones -la manó detuvo su trayecto de golpe, parecía que todo el sistema nervioso de aquel behemot, estuviera ocupado en preguntarle al cerebro quien podía ser el insensato que había dicho eso, y no tuviera tiempo para seguir guiando su mano.

Como si de un sólo ser se tratara, la multitud se giró en redondo para ver a aquel que no sólo había presentado candidatura como “Cadáver suicida del año”, sino que había comprado a todo el jurado. Tras bajar unos centímetros la mirada, vieron a un enano que, por lo penetrante de su mirada, bien podría haberse considerado una aplicación de “Hender armadura” sobre Kord.

¿Y por qué debería hacer caso a alguien que no es ni la mitad de un hombre?

Sigfreid se abrió paso entre los presentes, le sorprendió bastante que aquel mastodonte no se hubiera limitado a contestarle “¡Waaargh!” y hubiera cargado contra él, era lo habitual en esos casos.

Te responderé con otra pregunta: Si soy la mitad de un hombre y tu madre afirma que soy el único hombre de la casa, ¿en qué fracción de hombre te convierte eso a ti? –el enano se quedó a apenas un par de pasos de él, desafiándolo con la mirada.

Eh… -algo pareció romperse en la mente del humano, que cargó contra el enano- ¡Waaaargh!
Eso está mejor… –gruñó Sigfreid mientras dibujaba una sonrisa socarrona en su rostro.

Con más estabilidad que un rinoceronte con botas de plomo, el enano recibió la carga de su enemigo con un puñetazo en el abdomen, que parecía ser de pura roca. Aún con todo eso, consiguió resistir el envite.

¿Qué pasa debilucho? ¿No te llega la fuerza para más? –el humano comenzó a ganar terreno, por lo que aprovechó para fanfarronear. Pocos hombres rechazaban la oportunidad de un duelo de bravuconería. Y aún con más razón si tenían la ventaja de su lado.

Oye, oye -Sigfreid susurró algo, pero era apenas audible.

Eh…¿Qué?

Baja, que te quiero contar una cosita… –el humano no tuvo más remedio que agacharse a la altura de su rival para poder escucharle.

Venga enano, ¿qué qui…eh? – en cuanto llegó a su altura, Sigfreid le mostró una de las propiedades más valiosas de los enanos. Cerró su presa sobre los brazos de su enemigo y convirtió su carne en piedra, impidiéndole que pudiera soltarse.

La tez del humano no se tornó totalmente pálida al notar la pétrea presa en su brazo, sino al haber visto el rostro del enano de cerca al haberse agachado: estaba sonriendo.

Holaaaa, cuanto tiempo, ¿eh? –dichas aquellas palabras, Sigfreid le explicó con un cabezazo el significado de tener, no sólo un cráneo más duro que un orco con chupa de cuero, sino también una piel que se había convertido en pura piedra: Kord todavía está buscando los dientes por la cubierta del Kraken.

Minutos después, aquella zona del barco ya había quedado despejada, excepto por Bâstet y Sigfreid, que quedaron mirando el mar juntos.

Oye, cielo.

Dime Sigfreid -por primera vez desde que subieron al barco, Bâstet se dio cuenta que había alguien cerca suyo.

…nada, ¿qué crees que nos encontraremos en Northrend? –dijo Sigfreid con ligera despreocupación.

Sea lo que sea, seguro que algo muy divertido –la inocente sonrisa de la draenei brilló con luz propia.

Sigfreid suspiró y se relajó lo suficiente como para escuchar unos pasos pesados que subían de los camarotes. Se giró y vio a Mäggno subir las escaleras, con la nariz en alto y olfateando algo5.

Hay un cofre…lo huelo.

Mäggno, estamos en un barco: está hasta las orejas de maletas y equipaje.

Que no, que hay un cofre de verdad…muy cerca.

¡¡¡MIOMIOMÍO!!! -Mäggno pasó como una exhalación frente a la perplejidad de Bâstet y Sigfreid.

…agua ¿Me lo ha parecido o Mäggno se ha tirado al mar con armadura incluida?

Oye, ¿qué es eso que brilla en el…? –dijo Bâstet, ajena a la avaricia de su compañero.

¿Me preguntas si Mäggno, que no se ha quitado la armadura desde su comunión, se ha lanzado al mar con la armadura puesta?

No sé…¿y si vuelve a subir? -respondió Sigfreid, con un simulado malhumor.

Bâstet lanzó un conjuro de Caminar sobre las aguas al paladín además de un conjuro de respiración acuática. Sigfreid arrojó el cabo de una soga al agua, esperando a que el paladín la cogiera.

Tras unos segundos, Mäggno emergió del agua, cofre en mano, sonrisa de oreja a oreja y una sardina atrapada en las juntas de sus hombreras- Lo tengo, y no veas lo que pesa el puñetero.

La chamán suspiró y miró a su compañero con una sonrisa divertida en sus labios¿Le ayudamos?preguntó.

Anda, sube. Luego echamos un ojo al dichoso cofre.

¿Echamos? ¡El cofre es mí… cuando el paladín vio a Sigfreid empezar a recoger la soga, enmudeció…vale. Te odio, ¿sabes?.

Yo también Mäggno, yo también…

 

 

 

1– Originalmente, eran humanos los que supervisaban la sala de máquinas. Tras los últimos ajustes gnomicos sólo los muy temerarios se atrevían a entrar2.
2– Aunque el auténtico problema fue cuando dejaron de salir.
3– Si es que existía alguno.
4– Existe una interesante teoría desarrollada por el profesor Papasfritas que afirma que la intención de una mujer en conocer a hombres es inversamente proporcional al interes que tienen los hombres en conocerla a ella. El profesor Papasfritas es un hombre con una vida muy solitaria.
5– Lo único que superaba el olfato de Mäggno para con los cofres, era su desmesurada avaricia6.
6– Y aunque cualquiera diría que estos eran dos factores intrinsecos en un hijo de Ironforge, Mäggno era la prueba viviente de que los extremos siempre podían estirarse un poquito más.
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