El viaje a Northrend se desarrolló sin más incidentes que el fallido abordaje Naga, en apenas un mes los héroes de la Alianza llegaron a las frías costas de la Tundra Boreal. El behemot que era El Kraken amerizó en el puerto de la Fortaleza Denuedo, el más importante bastión de la Alianza en la zona.

La pasarela del Kraken cayó con fuerza sobre el castigado muelle y uno a uno1, los aventureros fueron bajando del barco y dirigiéndose a la improvisada oficina de reclutamiento que la Alianza había preparado a la entrada del puerto. Sigfreid y sus compañeros prefirieron dirigirse primero a la posada, pues los enanos tenían curiosidad de probar la bebida que era capaz de quitar el frío en aquel maldito agujero helado.

Cabe destacar las teorías de Sigfreid y Mäggno sobre la bebida, pues como hijos de Forjaz, sus debates filosóficos más altruistas se debatían desde quién podía beber más cerveza hasta quien era el primero de los dos que empezaba con la risilla floja. De todos modos los dos siempre han terminado estando demasiado borrachos como para llegar a una conclusión de interés.

Ya dentro de la posada, los aventureros tomaron asiento en una mesa bien iluminada, desde donde podían contemplar la enorme cola que se había formado.

¿Crees que terminarán hoy? -preguntó Bâstet

Nah, a los humanos les encanta el papeleo. Supongo que mañana a última hora será un buen momento para alistarse -Sigfreid se levantó- Voy a la barra a pedir.

El enano se acercó a la barra, y se ayudó de una de las sillas para poder ver al tabernero del otro lado.

Si quieres bebida espera a la camarera, enano, yo soy el cocinero -el cocinero, un humano de mediana edad y fuerte constitución, habló sin siquiera mirar a su cliente.

Pero supongo que lo que hay detrás de la barra son un par de piernas, así que tráenos lo más fuerte que tengáis, y no me refiero al aliento de tu mujer -Sigfreid regresó a la mesa sin mirar atrás.

Bueno -dijo el guerrero mientras volvía a tomar asiento- nos tomamos un descanso y luego podemos ir a dar un paseo por la fortaleza, a ver si podemos ayudar en algo.

Yo descansaré primero -respondió Fâra- necesito echarme un rato en una cama estable, estoy del vaiven del barco hasta la punta de las orejas.

Floja -puntualizó Mäggno.

Segundos después, el cocinero, visiblemente molesto, dejó sobre la barra una bandeja con una jarra de un líquido humeante –Aquí tenéis lo vuestro, son tres piezas de oro.

¡Por las tentaculadas barbas de Velen! ¡Eso es carísimo! -la codicia de Bâstet habló por su boca.

Bah, si no es para esto, ¿para qué sirve el oro? -respondió el alcoholismo de Sigfreid- Mäggno, hermoso, ve a buscar la bandeja.

Un par de refunfuños después, el paladín trajo la bandeja a la mesa y los cuatro aventureros disfrutaron de una agradable charla mientras veían acortarse la cola de inscripción a un ritmo bastante lento2.



A pocas horas de anochecer Bâstet, Mäggno y Sigfreid fueron a dar una vuelta por la fortaleza, la sacerdotisa de Elune, Fâra, prefirió descansar en una habitación de aquella posada.
Bueno, yo me voy a buscar a un pariente donde la forja -dijo Mäggno- tengo curiosidad de saber como forjan el metal con el frío del norte.

Pues yo volveré al puerto a dar un paseo por el muelle hasta la hora de cenar -Bâstet volvió a hablar con aquel tono sereno y ausente.

Yo voy a escuchar batallitas en la enfermería, quiero saber que nos espera ahí fuera -concluyó Sigfreid3

Los héroes se separaron y Sigfreid fue directamente a la salida de la Fortaleza Denuedo, dispuesto a escuchar a los heridos. Además sus conocimientos de herboristería y alquimia podrían ayudar a curar a los más graves.

A medida que se acercaba a la zona de batalla, el guerrero comenzó a escuchar los gritos de los soldados de la Alianza luchando por cada palmo de terreno. El olor a pólvora recién quemada le recordó su entrenamiento en el campo de tiro de Ironforge. Por desgracia aquello no era un entrenamiento, aquí disparabas contra enemigos que querían arrancar la carne de tus huesos, o todavía peor, el alma de tu cuerpo…

Finalmente, Sigfreid alcanzó una improvisada enfermería situada a pocos metros del campo de batalla. Aquello era señal de que aquel combate era especialmente virulento, por lo que era más peligroso trasladar a los heridos a un lugar seguro que tratar sus heridas a pocos metros de la Plaga.

Sigfreid escuchó la respiración acelerada de un montaraz enano y se acercó a él, recordó haber visto aquel rostro en alguno de los bunker de Loch Modan.

¿Cómo va, compañero?

Escarabajos…están dentro de mí, los siento desgarrando mis tripas… -el herido sollozó, el rostro endurecido por la batalla de aquel cazador se tornó en el congestionado rostro de un niño asustado- ¡esa maldita araña me escupió escarabajos!

Sigfreid miró a un lado y a otro y se dió cuenta que los tres enfermeros no daban abasto con los heridos, y supuso que dejaron al enano de lado porque el tiempo que exigía una complicada operación en un soldado, podía servir para sanar a otros tres. Ninguno de los dos enanos les culpaba de ello.

Branneir, ¿te llamabas Branneir verdad? El montaraz Branneir, de Loch Modan.

Siiií…¡¡¡¡¡argghh!!!!! -el enano se retorció de dolor sobre su vientre, Sigfreid desenfundó una daga curva y cruelmente afilada. Cogió la vaina de la misma y se la ofreció a Branneir.

Voy a sacarte esos malnacidos como sólo un hijo de Khaz’Modan podría soportar, ¿vale?

Branneir mordió la vaina y asintió con la cabeza mientras se estiró sobre la cama tanto como el dolor le permitió.

Sigfreid levantó la camisa de su paciente y contempló unos pequeños bultos que se movían por el interior

Sin titubear un segundo, el guerrero agarró con su mano uno de aquellos bultos, impidiendo que pudiera moverse, y clavó su cuchillo en la carne del montaraz. La sangre comenzó a manar a borbotones y el dolor casi causó que el paciente se desmayara, pero el golpe impactó en su objetivo y con apenas un giro de muñeca el enano sacó al insecto del cuerpo de Branneir. Repitió esta operación dos veces más.

Bien -dijo Sigfreid pisando al último escarabajo bajo su metálica bota- ahora tienes que descansar un rato, ¿eh?

-el montaraz intentó responder, pero la pérdida de sangre había sido muy grande y se desmayó, por lo que Sigfreid le aplicó una cataplasma de Flor Abisal que trajo desde Outland con unas vendas y confió en que la fornida constitución del montaraz hiciera el resto.

Oye, ha estado bien eso, suponiendo que sobreviva a la carnicería que le has hecho un humano de edad avanzada se dirigió a Sigfreid sin alzar la vista del herido al que estaba atendiendo.

Bueno, tengo mis conocimientos en primeros auxilios…

Bien, y como veo que también tienes un buen par de brazos, hazme el favor de ir a la bodega del barco que está atracado en el muelle y traer una caja de medicamentos, ¿vale? Las cajas tienen tres pies de alto y una cruz roja dibujada en un lateral.

Claro, vuelvo enseguida -sin perder un segundo, el enano se dirigió al barco.



Dentro de la bodega de uno de los barcos de la Fortaleza Denuedo, dos figuras sombrías, vestidas con ropas de cultor nigromántico, murmuraban entre ellas.

¿Tú crees que aquí estamos a salvo?

¡Claro! ¿Quién va a venir a la bodega de este barco? ¡Todos están muy ocupados con la que se ha montado ahí fuera!

Ya, pero…¿no podíamos huir por el agujero del muralla oriental esta noche y reunirnos con el resto del aquelarre?

¿Y perder la oportunidad de atacar al enemigo desde dentro? ¿Eres idiota? El Maestro nos recompensará, ya lo verás…

Como no nos vayamos esta noche, el Maestro tendrá que sacarnos de aquí con una escobilla y un recogedor…

Bueno, basta de tonterías, repasemos el plan, primero… -un ruido alertó a la figura de mayor tamaño- ¡¿qué ha sido eso?!

¡Shhhh…escondámonos!

Los dos cultistas se escondieron tras unos cajones del fondo de la bodega.

Mira, un enano está buscando entre las cajas de medicamentos…debe ser un enfermero…

No sé, lo veo demasiado…ya sabes…acorazado. Con armadura de placa, muchos pinchos y cosas de esas. Además, ¿estás seguro que un enfermero llevaría encima esas hachas? ¡Son más grandes que él!

Bah, todo lo que hagamos para sabotear la defensa de la Alianza será bien recibido por el Maestro…¡Tú, enano, ven aquí si tienes lo que has de tener!

Sigfreid miró con ligera indeferencia al encapuchado que le llamó, pues tenía prisa en llevar los medicamentos a la enfermería, pero cuando sintió el hedor a muerte que emanaba de aquellos acólitos, se preparó para enfrentarse a ellos.

¿Ves lo qué has hecho? ¡Ahora se ha enfadado!

Bah, ¿y qué nos va a hacer? ¡Siente el poder de la magia oscura, insec….AGGGGGH! -la conocida aptitud de los guerreros a cargar en décimas de segundo sobre sus enemigos no iba a ser menos en esta ocasión, y Sigfreid despachó al miembro de la Plaga antes de que pudiera conjurar su brujería.

…joder… -el otro encapuchado intentó huir hacia la escalera, pero el guerrero le interceptó y eliminó con la misma velocidad que a su compañero.

Vaya…parece que tenemos una Plaga en Denuedo.

Cargado con medicamentos, y contento de que nadie hubiera escuchado aquel pésimo chiste, Sigfreid marchó a la enfermería.


1– En el caso de los gnomos, de siete en siete.
2– El hecho de que algunos héroes de la Alianza hubieran practicado la caligrafía con la misma asiduidad que un mejillón practicaría la esgrima, ralentizaba mucho el proceso de inscripción.
3– Pese a lo que pudiera parecer, Sigfreid era un excelente estratega. Sabía que cualquier soldado que hubiera estado en el campo de batalla podría proporcionarle más información que el mariscal de campo más avezado. Además, que sus informadores estuvieran heridos le ahorraba el trabajo de tener que maltratarlos él mismo.
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