Relatos de rol


El aire helado y húmedo del puerto acariciaba descaradamente la tersa piel violeta de Bâstet, a la cual parecía agradarle aquella sensación tan refrescante.

El maestro de muelles, un gnomo de edad avanzada que se servía de unos anteojos para ver con claridad, saludó a la chamán.

Ten cuidado, jovencita, que el mar está muy embravecido.

¡Gracias! Lo tendré en cuenta -respondió Bâstet con una dulce sonrisa.

Aquel aviso desanimó a la draenei, pues le apetecía pasear por mar abierto un rato, así que se conformó con caminar por el borde de la orilla hasta una cala cercana que hubo visto durante el amerizaje del Kraken.

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Aquí os dejo el relato que envié al concurso de elfosmancos, donde Sigfreid acompaña a Darnea por su tierra natal: las montañas de Dun Morogh.
¡Y felicidades a Denrir, por ganar el premio!

El viaje a Northrend se desarrolló sin más incidentes que el fallido abordaje Naga, en apenas un mes los héroes de la Alianza llegaron a las frías costas de la Tundra Boreal. El behemot que era El Kraken amerizó en el puerto de la Fortaleza Denuedo, el más importante bastión de la Alianza en la zona.

La pasarela del Kraken cayó con fuerza sobre el castigado muelle y uno a uno1, los aventureros fueron bajando del barco y dirigiéndose a la improvisada oficina de reclutamiento que la Alianza había preparado a la entrada del puerto. Sigfreid y sus compañeros prefirieron dirigirse primero a la posada, pues los enanos tenían curiosidad de probar la bebida que era capaz de quitar el frío en aquel maldito agujero helado.

Cabe destacar las teorías de Sigfreid y Mäggno sobre la bebida, pues como hijos de Forjaz, sus debates filosóficos más altruistas se debatían desde quién podía beber más cerveza hasta quien era el primero de los dos que empezaba con la risilla floja. De todos modos los dos siempre han terminado estando demasiado borrachos como para llegar a una conclusión de interés.

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El olor metálico de la sangre, el sonido de la carne y huesos desgarrándose, junto a los gritos de la batalla, se apoderó de la cubierta de El Kraken.

Con gran osadía, los Naga habían abordado el buque insignia de la Alianza, cargado con los mejores héroes de aquella facción, pero el luchar en el mar concedía una gran ventaja a los malvados seres reptilianos. Era como una pelea entre alumnos y profesores, en circunstancias normales los adultos tenían las de ganar, pero los chicos sabían donde los profesores aparcaban sus coches.

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Es…¿un ojo de cristal? -señaló Mäggno, no sin cierto asco.
Eso parece -confirmó Sigfreid- ¡Pero es enorme! ¡Ni un ogro tendría un ojo de este tamaño!
Sigfreid cogió el ojo de entre los restos del cofre1 que Mäggno había rescatado minutos antes. El ojo estaba frío al tacto, y por extraño que pareciera, estaba intacto: no se podía apreciar ni un rasguño o corte en su superficie cristalina.
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El Kraken era la joya de la corona naval de la Alianza. La mejor madera del bosque de Elwyn, remachada con un armazón metálico forjado por los enanos de Ironforge, daba forma a este majestuoso barco de proporciones gigantescas. Los ingenieros gnomos dotaron de la última tecnología a la sala de motores del mismo, y los mismos gnomos eran los que supervisaban que todo funcionara correctamente1.

La nave más poderosa de la Alianza, cargada con los más grandes héroes que hubieron pisado nunca Stormwind, se dirigía hacia las costas de Northrend. Iban para liarla. Y bien gorda.

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La draenei siguió con su paseo por el puerto de Stormwind. Ya faltaban pocas horas para que su barco levara anclas, pero su compañero no aparecía. Tampoco era ninguna sorpresa, Sigfreid nunca se había caracterizado por su puntualidad.

Bâstet, ¿quieres venir aquí? Me pones los pelos de punta cada vez que haces “eso” -Mäggno, el enano paladín, le increpó desde el puerto de embarque.

Lo siento, me apetecía remojarme las pezuñas, las tengo destrozadas de tanto tiempo estando de pie…

Bâstet, chamana desde su más tierna infancia, subió las escaleras que permitían acceder al embarcadero a los despistados que caían al agua y dió por finalizado su paseo sobre las aguas del puerto.

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